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PONER LÍMITES

Enorme, difícil pero necesaria tarea la de poner y ponerse límites. En general es un tema que se vincula principalmente con la crianza de los hijos. Pero no debemos olvidarnos que la puesta de límites está presente en nuestra cotidianidad, en los vínculos que establecemos desde que nacemos hasta el último día de nuestra vida. Si, es agotador para muchos de nosotros hacerlo y sería mil veces más fácil para todos, no tener que pasar por ese momento.

Pero, ¿qué es primero, el estar agotados por tener que poner los límites o el complacer a otros? ¿Por dónde deberíamos comenzar, por aprender a poner límites o a dejar de complacer? Porque no perdamos de vista que cuando complacemos, dejamos de poner límites y viceversa. 

En mi opinión, si bien las dos cosas pueden ir de la mano en muchas de nuestras relaciones, todo depende del rol y del contexto. Pero en todos los casos hay algo que debemos recordar a la hora de poner límites: el límite SIEMPRE DEBE SER PROTECTORsiempre debe buscar como resultado el bienestar de las personas involucradas, la mejora en la calidad de vida de estas personas y por lo tanto la mejora continua del vínculo.

Y cuando complacemos buscamos hacer todo lo posible para que no nos dejen de querer, para ser aceptados, para tener una identidad y una pertenencia a partir de los otros. 

Por lo tanto, si ponemos límites en lugar de complacer, nos exponemos a todo lo contrario, a perder el amor, la identidad, la pertenencia. Sin embargo no nos damos cuenta de que a medida que el tiempo pasa se produce el efecto contrario, dejamos de ser nosotros mismos, de aceptarnos y por lo tanto de amarnos, y el sentido de nuestra vida se desdibuja hacia el futuro.

Es fundamental poner y ponernos límites para hacer de nuestra vida cotidiana un territorio más amable, más honesto, más generoso, lleno de personas que como nosotros, buscan ser ellos mismos y cumplir sus objetivos con esfuerzo, pero con la verdad y la confianza como sus banderas. 

Y cuando ponemos límites a nuestros hijos, los cuidamos, los protegemos, los potenciamos, les brindamos las herramientas para que puedan habitar esta realidad de la manera más satisfactoria posible. Y sino podemos hacerlo, al menos ayudémoslos a encontrar el camino que los lleve a ser la mejor versión de si mismos y no lo que el mundo espera que ellos sean.

Tengamos en cuenta algo a la hora de ponerle límites a nuestros hijos: no solamente es importante que sea protector, sino que lo acompañemos con una explicación acorde a la edad o etapa de la vida de nuestros hijos.

El no porque no, no sirve. Además hay que distinguir entre un límite y una penitencia o, aunque suene feo, un castigo. El límite es la norma, la regla que establecemos para cuidar el camino hacia el objetivo. Y la penitencia interviene ya cuando el límite fue transgredido. Por lo tanto, un límite nunca tiene que operar como una penitencia ni tampoco sonar a eso. En otra ocasión me referiré al tema específico de los límites a los hijos.

Complacer es ser alguien que no somos y que en general, no nos hace felices. Y poner o ponernos límites es aprender a marcar nuestro espacio personal desde lo ideológico, lo emocional, lo espiritual, lo psicológico y hasta en lo físico. Y aceptar y respetar también el de los demás. Así es como empieza la historia de nuestra vida, a partir de los vínculos. Y en todos los vínculos se incluyen al menos dos personas, diferentes, separadas. Y cuando nos encontramos en el espacio común, es donde verdaderamente podemos disfrutar de estar juntos. Pero juntos: 1 + 1=2. Hasta la próxima!

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