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¿Qué es la envidia? ¿Existe la envidia sana? ¿En qué circunstancias has sentido envidia?

La envidia

Es uno de los más duros castigos divinos por los que se nos revela nuestra verdadera naturaleza y el modo en que se nos ha privado de ella.

La envidia se ceba en lo desigual; de lo desigual busca lo deseable y de ello se fija en lo que más echamos en falta. La envidia explota nuestras carencias y nos hace ver lo bueno de tenerlas pero en otros; en esto nos dice que a nosotros se nos negó lo que se le dio a otros; la envidia entonces nos lleva a inferir que eso es injusto pues ese otro no es mejor ni distinto a nosotros.

¿Cómo podríamos saber que el otro no es mejor ni distinto sin fundamentarlo en la igualdad?

¿Cómo podría haber igualdad a menos que fuese oculta?

¿Dónde buscar algo oculto de valor salvo en el alma?

Sabemos así por puro egoísmo que somos iguales en lo esencial. Reconocer lo esencial es señal de comprender más que el simple animal, que solo busca su interés; es una noción puramente humana, comprender el mal y el bien.

Siendo lo esencial lo que más importa, no puede ser degradado por lo superficial; este es por tanto el castigo, de vivir sin la verdad. En el mundo del ser humano lo que vale y lo que impera es solo aquello que se ve en apariencia; y esto incluye toda demostración de fuerza o inteligencia.

Es por este motivo que la envidia incendia fácilmente a hombres y a mujeres; hace antorchas que arden en deseos de reducir al otro a cenizas, más no es el otro quien se quema.

Su fuego pretende confundir la mente para consumir el alma, y así, la esencia del alma se pierde, sin poder evitarlo. Al ser testigos de esto, un odio nuevo se manifiesta, esta vez hacia la creación; pues no solo nos quita lo bueno en lo superficial y se lo da a otro, sino que en su lugar nos deja un vacío que nos fuerza a reconocer tal hecho.

¿Cómo es, de dónde viene, cómo entra, dónde se coloca, cómo actúa?

La envidia se ve atraída por lo bueno porque solo de lo bueno puede salir lo malo. El mal adopta muchas formas pero el bien solo tiene una. La envidia se alimenta a través nuestro, pero no forma parte de nosotros. Nada hay de nuestro ser que sea envidia; tampoco es una alucinación de la mente. Su naturaleza es compatible con la nuestra y por eso nos afecta.

Viene del origen del hombre; de su escisión misma del mundo perfecto, donde la envidia no existía, ni ninguna otra forma maligna, ni lo malo ni lo bueno, pues todas ellas nacen con el hombre y para el hombre.

La envidia en el hombre se apodera de su mente primero y a través de ella le hace ver lo que quiere; una vez convencido y a su merced, la envidia le muestra lo que no tiene. Le explica todo lo que se ha explicado antes, acerca de la igualdad, y así el ser humano empieza a odiar, no solo aquello que ve, sino también a la creación. Permite a la envidia entrar en él y entonces él es en ella. Por si alguien se lo pregunta, a la envidia se la puede expulsar del mismo modo que entra. La puerta está en la mente, pues quien odia, piensa.

La envidia sana

Existe no obstante ser una contradicción y quizá por eso su nombre también lo sea, pues la envidia nunca es sana y si es sana no es envidia. Sin embargo, nuestra naturaleza es lo bastante compleja como para producir la sensación de envidia sana.

La parte de envidia viene de saber, no de sentir, lo que es objeto de su fijación; en cuanto a la parte sana viene de agradecer con sorpresa y júbilo que para ese caso en concreto, estamos libres de tal pasión.

Verse libre de la envidia ante su pedestal, sin sentir privación alguna o menoscabo por tal como uno es o por lo que tiene, es como andar entre las llamas y ser insensible al fuego.

Ser insensible a la belleza de otro que es tu competencia cuando eres feo; es motivo y señal al mismo tiempo de felicidad, fortuna, descanso y agradecimiento. Vemos entonces con una luz límpida el mal que se oculta tras lo bello; mas en lo bello no hay maldad, solo en la envidia.

El mal no viene de querer aquello que es más bello que lo propio, sino de ver que quien lo tiene, nos ignora. Ese mal nos lleva al odio que desea su muerte.

Estar libre de la envidia, es un regalo de Dios; es llevar colgado el letrero de “prohibido el paso” a esos pensamientos, en palabras que entiende el diablo.

El sentimiento de la envidia

Por suerte nunca he sido su presa, pero una vez la sentí. Fueron apenas unos instantes hasta que me di cuenta de que era envidia lo que sentía. Es una emoción atroz que te posee y te domina, te anula y te destruye. Dejas de ser tu mismo y te conviertes es un despojo que solo desea quitar la vida.

Comentario final

La envidia nos demuestra lo que somos y también que lo sabemos. Es una más de las mil formas de saberlo. Quien no quiere reconocerlo es por temor a la verdad.

Es más cómodo pensar que somos seres sin propósito y en libertad, dueños del mundo que pisamos, dueños de nuestro destino, sin nada que respetar.

Todo cuanto existe en nosotros de bueno y de malo no existe por gracia divina, sino por casualidad, por arte de birlibirloque de la naturaleza.

Son los sentimientos producto colateral a la consciencia y esta lo es de la inteligencia y esta deviene de las plantas.

Los pecados florecen de la mente no del alma pues tal cosa no existe. No existen el bien y el mal, pues tales cosas son invenciones también fruto de un efecto colateral.

Es posible que mi cinismo pueda herir a alguien en su sensibilidad, pero no es mi intención causar heridas, sino sanarlas en todo caso, pues bastantes tenemos ya.

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